Los ensayos
Los ensayos b | Cuando era joven me gustaba engalanarme, a falta de otro ornato, y me sentaba bien; en algunos las ropas hermosas lloran. Tenemos relatos extraordinarios sobre la frugalidad de nuestros reyes, en cuanto a su persona y en sus donaciones —grandes reyes en renombre, en valor y en fortuna—. Demóstenes se opone a ultranza a la ley de su ciudad que asignaba los dineros públicos a las pompas de los juegos y de sus fiestas; pretende que su grandeza se muestre en la cantidad de barcos bien equipados, y en poderosos ejércitos bien pertrechados.[15] c | Y se acusa con razón a Teofrasto por haber establecido, en su libro sobre las riquezas, una opinión contraria, y por haber alegado que tal clase de dispendio es el verdadero fruto de la opulencia.[16] Son placeres, dice Aristóteles, que sólo atañen al pueblo más bajo, que se desvanecen de la memoria en cuanto se sacian, y que ningún hombre juicioso y grave puede tener en estima.[17] El gasto me parecerÃa mucho más digno de la realeza, y también más útil, justo y duradero, si se empleara en puertos, muelles, fortificaciones y muros, en edificios suntuosos, iglesias, hospitales, colegios, en la mejora de calles y caminos.[18] En este terreno el papa Gregorio XIII dejará un recuerdo digno de elogio durante mucho tiempo,[19] y nuestra reina Catalina probarÃa por largos años su generosidad natural y munificiencia si sus medios alcanzaran para su afán. La Fortuna me ha producido un gran disgusto interrumpiendo la bella estructura del Puente Nuevo de nuestra gran ciudad, y privándome de la esperanza de verlo en uso antes de mi muerte.[20]