Los ensayos
Los ensayos Como si su nulidad no fuese bastante conocida por mejores razones, los últimos reyes de nuestra primera estirpe recorrían el país en un carruaje tirado por cuatro bueyes.[11] b | Marco Antonio fue el primero que se hizo llevar a Roma, y a una muchacha que tocaba música junto a él, por leones enganchados a un carruaje. Heliogábalo hizo después otro tanto, llamándose Cibeles, la madre de los dioses, y también por tigres, imitando al dios Baco; a veces unció también dos ciervos a su carruaje, y en otra ocasión cuatro perros, y hasta cuatro muchachas desnudas, haciéndose arrastrar por ellas en procesión sin vestimenta alguna. El emperador Firmo hizo arrastrar su carruaje por avestruces de extraordinario tamaño, de manera que parecía volar más que rodar.[12] La extrañeza de tales invenciones me trae a la cabeza otra fantasía: que en los monarcas constituye una especie de pusilanimidad, y una prueba de que no se percatan bastante de lo que son, esforzarse por destacar y exhibirse mediante gastos excesivos. Sería cosa excusable en un país extranjero; pero, entre sus propios súbditos, donde todo lo puede,[13] extrae de su dignidad el máximo grado de honor que le cabe alcanzar. Asimismo, me parece superfluo, en un gentilhombre, que se vista con esmero en su casa. Su mansión, su servicio, su cocina responden de sobra de él. c | El consejo que Isócrates brinda a su rey no me parece carente de razón: que sea espléndido en cuanto a muebles y utensilios, porque se trata de un gasto permanente, que se transmite a los herederos; y que evite todas las magnificiencias que se desvanecen enseguida del uso y de la memoria.[14]