Los ensayos
Los ensayos c | Si mi memoria dispusiera de suficiente información, no lamentaría dedicar mi tiempo a referir aquí la infinita variedad que las historias nos ofrecen sobre el uso de los carruajes al servicio de la guerra, distinto según las naciones, según los siglos, muy efectivo, me parece, y necesario —hasta tal punto que asombra que hayamos perdido todo conocimiento al respecto—. Me limitaré a contar que, hace muy poco, en tiempos de nuestros padres, los húngaros los utilizaron con gran eficacia contra los turcos, con un rodelero y un mosquetero en cada uno de ellos, y un buen número de arcabuces alineados, dispuestos y cargados, todo ello protegido por una empavesada a la manera de las galeotas. Ponían al frente de su ejército a tres mil de estos carros, y, tras la actuación del cañón, hacían que avanzaran, y que los enemigos engulleran esta salva antes de que probaran el resto, lo cual suponía un no pequeño avance; o los lanzaban contra sus escuadrones para quebrarlos y abrir paso. Aparte de la ayuda que podían obtener de ellos para dar apoyo en lugares arriesgados a las tropas que marchaban por el campo, o para proteger y fortificar un campamento a toda prisa.[10] En mi tiempo, en una de nuestras fronteras, un gentilhombre que estaba personalmente impedido, y no encontraba caballo alguno que pudiese soportar su peso, como tenía una querella, marchó por el país en un carro similar al descrito, y le resultó muy bien. Pero dejemos estos carros militares.