Los ensayos

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Ahora bien, soy incapaz de soportar durante mucho tiempo ni los carruajes ni las literas ni los barcos —y me costaba más soportarlos cuando era joven—; y detesto cualquier vehículo que no sea el caballo, tanto en la ciudad como en el campo. Pero soporto la litera menos que el carruaje, y, por la misma razón, soporto con mayor facilidad una agitación violenta en el agua, de la que procede el miedo, que el movimiento que se experimenta en la calma. El leve zarandeo que ocasionan los remos, al hurtar el barco de debajo nuestro, me hace sentir que la cabeza y el estómago, no sé cómo, se me revuelven. No puedo soportar una base que tiembla debajo de mí. Cuando la vela o la corriente del agua nos arrastra de manera uniforme, o cuando nos remolcan, esa agitación regular no me produce trastorno alguno; es el movimiento interrumpido el que me incomoda, y más cuando es cansino. No sabría describir su forma de otro modo. Los médicos me han prescrito apretarme y ceñirme el bajo vientre con un trapo para poner remedio a este inconveniente; no lo he probado, pues tengo la costumbre de enfrentarme a mis defectos, y de someterlos por mí mismo.






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