Los ensayos

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Los del reino de México eran en cierta medida más civilizados y más artificiosos que las demás naciones de aquel lado. También pensaban, como nosotros, que el universo estaba próximo a su fin, e interpretaron como una señal al respecto la desolación que nosotros les llevamos. Creían que el ser del mundo se reparte en cinco edades y en la vida de cinco soles consecutivos, cuatro de los cuales habían ya cumplido su tiempo, y que el que les daba luz era el quinto. El primero pereció con todas las demás criaturas a causa de una inundación universal. El segundo, a causa de la caída del cielo encima de nosotros, que ahogó toda cosa viviente, a cuya edad asignan los gigantes, y mostraron a los españoles huesos en proporción a los cuales la estatura de los hombres alcanzaba veinte palmos de altura. El tercero, a causa del fuego que lo abarcó y consumió todo. El cuarto, a causa de una agitación de aire y de viento que llegó a abatir numerosas montañas; los hombres no murieron, pero fueron transformados en monos —¡qué impresiones no tolera la blandura de la creencia humana!—. Tras la muerte del cuarto sol, el mundo permaneció veinticinco años en perpetuas tinieblas, en el decimoquinto de los cuales fueron creados un hombre y una mujer que rehicieron la raza humana; diez años más tarde, un determinado día, el sol apareció creado de nuevo; y la cuenta de sus años empieza desde entonces por ese día. Al tercer día de su creación murieron los dioses antiguos; los nuevos han nacido después, poco a poco. De lo que piensan sobre la manera en que perecerá el último sol, mi autor[65] no ha averiguado nada. Pero su número acerca del cuarto cambio coincide con la gran conjunción astral que produjo, hace unos ochocientos años según estiman los astrólogos, numerosas grandes alteraciones y novedades en el mundo.[66]


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