Los ensayos

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c | Pero si mi ánimo no es lo bastante grande, es, en cambio, abierto, y me ordena publicar sin temor su flaqueza. Si me hicieran comparar la vida de L. Torio Balbo, hombre de bien, apuesto, docto, sano, experto y provisto de toda suerte de comodidades y placeres, que mantuvo una vida tranquila y enteramente suya, con el alma bien dispuesta contra la muerte, la superstición, los dolores y otras trabas de la necesidad humana, que murió finalmente en pleno combate, empuñando las armas, en defensa de su país, por un lado; y, por el otro, la vida de M. Régulo, tan grande y elevada que todo el mundo la conoce, y su fin admirable —la primera sin nombre, sin dignidad; la segunda, en extremo ejemplar y gloriosa—, diría ciertamente lo que dice Cicerón, si fuese tan elocuente como él.[4] Pero, si hubiera de adaptarlas a la mía, diría también que la primera se ajusta tanto a mi aptitud y a mi deseo, que acomodo a mi aptitud, como la segunda se aleja de ellos; que ésta no puedo alcanzarla más que con la veneración, la otra la alcanzaría de buena gana con el uso.







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