Los ensayos
Los ensayos Ahora bien, la desventaja de la grandeza, que pretendo señalar aquí por cierto motivo que acaba de advertirme de ella, es ésta. En las relaciones humanas nada es quizá más grato que las pruebas a que nos sometemos unos contra otros, por afán de honor y de valor, ya sea en los ejercicios corporales, ya sea en los del espíritu, en los cuales la grandeza soberana no tiene ninguna verdadera participación. En realidad, muchas veces me ha parecido que, a fuerza de respeto, a los príncipes se les trata en ellos con desdén e injusticia. En efecto, eso mismo por lo que de niño me ofendía infinitamente, que quienes se ejercitaban conmigo evitaran emplearse a fondo por encontrarme un adversario indigno de sus esfuerzos, vemos que les sucede a ellos todos los días, pues todo el mundo se considera indigno de esforzarse en su contra. Si se percibe que ansían, por poco que sea, la victoria, no hay nadie que no se apresure a brindársela, y que no prefiera traicionar la propia gloria a ofender la de ellos; no se emplea más esfuerzo que el preciso para servir a su honor. ¿Qué parte toman en una pelea en la cual todos están a su favor? Me parece ver a aquellos paladines del pasado que se presentaban a las justas y a los combates con los cuerpos y las armas encantados. Brisón, corriendo contra Alejandro, hizo una carrera fingida;[7] Alejandro le riñó, pero debería haberle hecho azotar. Por eso Carnéades decía que los hijos de príncipes sólo aprenden correctamente a manejar los caballos. En cualquier otro ejercicio todo el mundo cede ante ellos, y les regala la victoria; pero el caballo, ni adulador ni cortesano, derriba al hijo del rey como derribaría al hijo de un mozo de cuerda.[8] Homero se vio obligado a conceder que Venus, una santa tan dulce y tan delicada, fuese herida en el combate de Troya, para infundirle valor y audacia, cualidades que en absoluto convienen a los que están libres de peligro.[9] A los dioses se les hace irritarse, temer, huir, c | padecer celos, b | lamentarse y apasionarse, para así honrarlos con las virtudes que se forjan entre nosotros a partir de tales imperfecciones. Quien no participa en el azar y la dificultad, no puede pretender interés en el honor y el placer que suponen las acciones azarosas. Es lastimoso detentar un poder tan grande que todas las cosas cedan ante ti. Tu fortuna rechaza demasiado lejos de ti la sociedad y la compañía, te deja demasiado aparte. Esa holgura y blanda facilidad para hacer que todo descienda bajo uno se opone a cualquier clase de placer. Eso es deslizarse, no es avanzar; es dormir, no es vivir. Si concibes al hombre acompañado de omnipotencia, lo hundes en el abismo. Se verá obligado a mendigarte obstáculos y resistencia; su ser y su bien radican en la necesidad.