Los ensayos
Los ensayos Celebro y acaricio la verdad, sea cual fuere la mano en la cual la encuentro, y me entrego a ella con alegría, y le tiendo mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse. c | Y con tal de que no se proceda con un semblante demasiado imperiosamente magistral,[8] me complace que me reprendan. Y me acomodo a los acusadores, a menudo más por cortesía que por enmienda; me gusta gratificar y alentar la libertad de advertirme cediendo fácilmente.[9] Sin embargo, es difícil incitar a los hombres de estos tiempos a hacerlo. No tienen el valor de corregir porque no tienen el valor de soportar ser corregidos. Y hablan siempre con disimulo en presencia unos de otros. Me complace tanto que me juzguen y conozcan, que me resulta casi indiferente de cuál de las dos maneras lo hacen. Mi imaginación se contradice y se condena tan a menudo, que me da igual que lo haga otro, habida cuenta, sobre todo, que no le concedo a su reprensión sino la autoridad que yo quiero. Pero rompo con aquel que se comporta con tanta arrogancia como alguno que conozco, que lamenta haber dado un consejo si no le hacen caso, y considera una injuria que alguien se resista a seguirle. Podría decirse que si Sócrates acogía siempre risueño las contradicciones que se oponían a su discurso, se debía a su fuerza, y que, dado que la victoria había de caer con toda seguridad de su lado, las aceptaba como ocasión de una nueva gloría. Sin embargo, nosotros vemos, por el contrario, que nada vuelve nuestro sentimiento tan quisquilloso como la convicción de ser superiores y el desdén del adversario. Y que, de acuerdo con la razón, corresponde más bien al débil aceptar de buen grado las objeciones que le rectifican y corrigen. b | En verdad, busco más el trato de quienes me reprenden que el de quienes me temen. Es un placer insípido y nocivo tener relación con gente que nos admira y nos cede el sitio. Antístenes ordenó a sus hijos que nunca agradecieran ni reconocieran a nadie que los alabase.[10] Yo me siento mucho más orgulloso de la victoria que obtengo sobre mí cuando, en medio del ardor de la lucha, logro plegarme a la fuerza de la razón de mi adversario, que complacido por la victoria que obtengo sobre él a causa de su flaqueza.