Los ensayos
Los ensayos LA VANIDAD
b | Acaso no exista otra más clara que escribir sobre ella tan vanamente. La gente de entendimiento debería meditar atenta y continuamente lo que la divinidad nos ha expresado al respecto de manera tan divina.[1] ¿Quién no ve que he tomado una ruta por la cual, sin tregua y sin esfuerzo, marcharé mientras queden tinta y papel en el mundo? No puedo llevar el registro de mi vida por mis acciones; la fortuna las abate demasiado. Lo llevo por mis fantasías. Así, he visto a un gentilhombre que sólo declaraba su vida por medio de las acciones de su vientre. En su casa veías expuesta una serie de orinales de siete u ocho días. Era su estudio, sus razonamientos. Cualquier otra conversación le olía mal. Éstos son,[2] con un poco más de cortesía, los excrementos de un viejo espíritu, a veces duros, a veces blandos, y siempre indigestos. ¿Y cuándo acabaré de representar la continua agitación y mutación de mis pensamientos, sea cual fuere la materia sobre la que recaigan, si Diomedes llenó seis mil libros con la gramática como único objeto?[3] ¿Qué no producirá la charlatanería, si el tartamudeo y el desatamiento de la lengua ahogó el mundo con una carga tan horrible de volúmenes? ¡Tantas palabras tan sólo para las palabras! ¡Oh, Pitágoras, que no conjuraste esta tempestad![4]