Los ensayos

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Acusaban a un Galba del pasado de vivir ociosamente. Respondió que todo el mundo debería rendir cuentas de sus acciones, no de su descanso.[5] Se equivocaba, pues la justicia conoce y corrige también a los que reposan. Pero debería haber alguna coerción legal contra los escritores ineptos e inútiles, como la hay contra los vagabundos y holgazanes. Yo, y cien más, seríamos desterrados de las manos de nuestro pueblo. No es una burla. Los escritorzuelos parecen ser el síntoma de un siglo desenfrenado. ¿Cuándo hemos escrito tanto como desde que sufrimos estos tumultos?,[6] ¿cuándo escribieron tanto los romanos como en el momento de su ruina? Aparte de que la agudización de los espíritus no significa que se vuelvan más sensatos en el Estado, este quehacer ocioso surge del hecho de que todo el mundo se toma el ejercicio de su profesión con blandura, y se desvía de él. La corrupción del siglo se forma merced a la contribución particular de cada uno de nosotros. Unos aportan la traición, otros la injusticia, la irreligión, la tiranía, la avaricia, la crueldad, en la medida que son más poderosos; los más débiles aportan la sandez, la vanidad, la ociosidad —yo soy uno de éstos—. Parece que llegue el momento de las cosas vanas cuando las perniciosas nos abruman. En una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable. Me consuelo porque soy de los últimos a los que habrá que echar mano. Mientras se atiende a los más urgentes, podré corregirme. Me parece, en efecto, que no sería razonable proceder contra los inconvenientes menudos cuando los grandes nos infestan. Y el médico Filótimo, a uno que le mostraba el dedo para que se lo curase, y al que le reconoció en el rostro y en el aliento una úlcera pulmonar, le dijo: «Amigo mío, ahora no es el momento de arreglarte las uñas».[7]


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