Los ensayos
Los ensayos b | Quiero, pues, decir que si es preciso deber algo, debe ser por un motivo más legítimo que éste del que hablo, al cual me compromete la ley de esta miserable guerra; y no con una deuda tan grande como la de mi plena salvación. Ésta me abruma. Me he acostado mil veces en mi casa imaginando que esa noche me iban a traicionar y a matar, concertando con la fortuna que fuera sin miedo ni languidez. Y he exclamado, tras mi padrenuestro:
Impius haec tam culta noualia miles habebit![108]
[¡Un impío soldado poseerá estos campos tan cultivados!].
¿Qué remedio? Es el lugar de mi nacimiento, y de la mayoría de mis antepasados. Han puesto en él su afecto y su nombre.[109] Nos endurecemos al punto de soportar todo aquello a lo que nos acostumbramos. Y con una condición miserable, como lo es la nuestra, la costumbre ha sido un regalo muy beneficioso de la naturaleza, pues adormece nuestro sentimiento para que podamos sobrellevar muchas desgracias.
Las guerras civiles tienen algo peor que las demás guerras: nos ponen a todos al acecho en nuestra propia casa:
Quam miserum porta uitam muroque tueri,
uixque suae tutum uiribus esse domus.[110]
[¡Qué triste tener necesidad de una puerta y de un muro para proteger