Los ensayos
Los ensayos Hay una gran diferencia entre la causa de quien sigue las formas y las leyes de su país, y la de quien intenta dominarlas y cambiarlas. Aquél alega como excusa la simplicidad, la obediencia y el ejemplo; haga lo que haga, no puede ser malicia; es, a lo sumo, infortunio. c | Quis est enim quem non moueat clarissimis monumentis testata consignataque antiquitas[80] [¿A quién, pues, no conmueve la antigüedad atestiguada y confirmada por ilustrísimos documentos?]. Aparte de lo que dice Isócrates: que el defecto participa más en la moderación que el exceso.[81] b | El otro toma una opción mucho más ruda, pues quien se dedica a elegir y a cambiar, usurpa la autoridad de juzgar, y ha de jactarse de ver la falta de aquello que desecha y el bien de aquello que introduce. c | Esta consideración tan vulgar me ha fijado en mi sitio, y ha contenido aun mi juventud, más temeraria; ha evitado que cargara sobre mis hombros el pesadísimo fardo de avalar una ciencia de tal importancia, y de osar en ella lo que en mi sano juicio no podría osar ni en la más fácil de aquellas en las cuales me instruyeron y en las cuales la temeridad de juzgar no supone daño alguno. Me parece muy injusto querer someter las constituciones y costumbres públicas e inmóviles a la inestabilidad de una fantasía privada —la razón privada posee tan sólo una jurisdicción privada—, e intentar con las leyes divinas lo que ningún Estado soportaría que se hiciera con las civiles. Estas últimas, aunque la razón humana tenga mucha mayor participación en ellas, son jueces supremos de sus jueces; y la máxima inteligencia sirve para explicar y extender su uso admitido, no para desviarlo e innovarlo. Si en ocasiones la providencia divina ha pasado por encima de las reglas a las que nos ha sujetado por necesidad, no es para dispensarnos de ellas. Se trata de golpes de su mano divina, que no debemos imitar sino admirar, y de ejemplos extraordinarios, marcados por un signo expreso y particular; del género de los milagros, que ella nos ofrece como prueba de su omnipotencia, por encima de nuestros órdenes y nuestras fuerzas, que es insensato e impío tratar de emular y que no debemos seguir sino contemplar sobrecogidos. Actos de su personaje, no del nuestro.