Los ensayos
Los ensayos b | Quiero que la victoria sea para nosotros, pero no me vuelvo loco si no es asÃ. c | Me atengo firmemente al más sano de los partidos, pero no busco que me señalen como enemigo particular de los demás, y más allá de la razón general. Condeno en extremo esta viciosa manera de opinar: «Es de la Liga puesto que admira la gracia del señor de Guisa»; «La actividad del rey de Navarra le asombra: es hugonote»; «Encuentra esto reprochable en el comportamiento del rey: su ánimo es sedicioso». Y no concedà ni siquiera al magistrado que tuviera razón al condenar un libro porque incluÃa entre los mejores poetas de este siglo a un hereje.[59] ¿No osarÃamos decir de un ladrón que tiene buenas piernas? ¿Y es necesario que la puta sea además repulsiva? En los siglos más sabios, ¿se revocó el soberbio tÃtulo de Capitolino que se habÃa concedido antes a Marco Manlio como protector de la religión y la libertad pública?[60] ¿Se sofocó el recuerdo de su generosidad y de sus hazañas, y las recompensas militares otorgadas a su valor, porque después aspirara a la realeza en perjuicio de las leyes de su paÃs? Si han cogido ojeriza a un abogado, al dÃa siguiente lo encuentran falto de elocuencia. He tocado en otro sitio el celo que empujó a hombres de bien a faltas semejantes.[61] Por mi parte, puedo decir sin problemas: hace esto mal y aquello virtuosamente. De la misma manera, ante pronósticos o resultados aciagos en los asuntos públicos, pretenden que todos en su partido sean ciegos y estúpidos; que nuestra persuasión y juicio sirvan no a la verdad sino al proyecto de nuestro deseo. Yo pecarÃa más bien por el otro extremo, hasta tal punto llega mi temor de que el deseo me engañe. Además, desconfÃo con cierta blandura de las cosas que deseo. En estos tiempos he visto maravillas en cuanto a la insensata y prodigiosa facilidad de los pueblos para dejar arrastrar y manejar su creencia y esperanza allà donde ha complacido y servido a sus jefes, por encima de cien errores, unos tras otros, por encima de fantasmas y sueños. No me sorprendo ya de aquellos a quienes engatusaron las sandeces de Apolonio y de Mahoma.[62] Su juicio y entendimiento está por completo ahogado en su pasión. Su discernimiento no tiene ya más elección que aquello que les sonrÃe y refuerza su causa. HabÃa observado esto, en grado supremo, en el primero de nuestros partidos febriles.[63] El otro que ha surgido después, imitándolo, lo supera.[64] Asà pues, me doy cuenta de que es una caracterÃstica inseparable de los errores populares. Una vez en marcha la primera, las opiniones se empujan entre sà según el viento, como las olas. Uno no forma parte del cuerpo si puede desdecirse, si no se abandona al movimiento común. Pero, ciertamente, se daña a los partidos justos cuando se les pretende ayudar con trapacerÃas. Lo he objetado siempre. Este medio sólo lleva hacia las cabezas enfermas; hacia las sanas, hay vÃas más seguras, y no sólo más honestas, para mantener los ánimos y excusar los acontecimientos adversos.