Los ensayos
Los ensayos b | El cielo no ha visto un desacuerdo tan grave como el de César y Pompeyo, ni lo verá en el futuro. Sin embargo, me parece reconocer en tales bellas almas una gran moderación del uno con respecto al otro. Era una rivalidad por el honor y por el mando, que no los arrastró a un odio furioso e insensato, exenta de maldad y de denigración. En sus actos más violentos descubro algún resto de respeto y de benevolencia, y juzgo, por tanto, que, de haberles sido posible, los dos habrían preferido cumplir su objetivo sin la destrucción del compañero a hacerlo con su destrucción. Fijaos hasta qué punto es diferente en el caso de Mario y Sila.
No hay que arrojarse tan perdidamente detrás de nuestros sentimientos e intereses. Siendo joven, me oponía al progreso del amor que sentía penetrar demasiado en mí, y me esforzaba en que no me fuera tan grato que al fin llegara a forzarme y a cautivarme del todo a su merced. Hago lo mismo en cualquier otra ocasión en la cual mi voluntad arde con ansia excesiva. Me decanto del lado contrario a su inclinación, cuando la veo sumergirse y embriagarse con su vino. Evito alimentar su placer hasta el extremo de que ya no pueda recuperarla sin pérdida sangrante.