Los ensayos
Los ensayos El principal derecho a introducir y presentar tales casos está reservado a la fortuna. Pasando antes de ayer por un pueblo a dos leguas de mi casa, encontré la plaza todavÃa acalorada por un milagro que acababa de resultar fallido. Éste habÃa ocupado a toda la vecindad durante muchos meses, y las provincias próximas empezaban a alterarse y a acudir a grandes manadas, de todas condiciones. Un joven del lugar se habÃa entretenido una noche en su casa simulando la voz de un espÃritu, sin pensar en otra argucia que gozar de una broma presente. Como le salió un poco mejor de lo que esperaba, para extender su farsa con más recursos, le asoció una muchacha del pueblo, completamente estúpida y necia; y al final fueron tres, de la misma edad y parecida habilidad; y las prédicas domésticas las convirtieron en prédicas públicas, escondiéndose bajo el altar de la iglesia, no hablando más que de noche y prohibiendo llevar luz alguna. De palabras que tendÃan a la conversión del mundo y a la amenaza del dÃa del juicio —pues ésos son asuntos bajo cuya autoridad y reverencia la impostura se oculta con mayor facilidad—, pasaron a ciertas visiones y movimientos, tan necios y tan ridÃculos que apenas hay nada tan burdo en el juego de los niños pequeños. Con todo, si la fortuna hubiese querido favorecerlo un poco, ¿quién sabe hasta dónde habrÃa crecido esta prestidigitación? Los pobres diablos están ahora encarcelados, y sufrirán seguramente el castigo de la necedad común; y no sé si algún juez vengará en ellos la suya. Vemos claro en ésta, que es manifiesta; pero en muchas cosas de similar condición, que rebasan nuestro conocimiento, soy partidario de retener el juicio, tanto para el rechazo como para la aprobación.