Los ensayos

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b | Lo digo sin ser juez ni consejero de los reyes, y sin considerarme ni mucho menos digno de ello, como hombre del común, nacido para la obediencia de la razón pública, y entregado a ella, tanto en sus actos como en sus dichos. Si alguien tuviera en cuenta mis desvaríos en detrimento de la más humilde ley, opinión o costumbre de su pueblo, se inferiría un gran perjuicio, y también me lo inferiría a mí. c | Porque en lo que digo la única certeza que garantizo es que se trata de aquello que en este momento tenía en mi pensamiento, pensamiento tumultuoso y vacilante. Hablo de todo a modo de charla, y de nada a modo de dictamen. Nec me pudet, ut istos, fateri nescire quod nesciam[37] [No me avergüenzo, como éstos, de admitir que ignoro lo que ignoro]. b | No sería tan audaz hablando si me incumbiera ser creído; y fue eso lo que respondí a un grande que deploraba la acritud y la vehemencia de mis exhortaciones: «Dado que os veo inclinado y dispuesto hacia un lado, os presento el otro con todo el desvelo de que soy capaz para esclarecer vuestro juicio, no para someterlo; Dios sostiene vuestro ánimo y os brindará la elección». No soy tan presuntuoso para desear siquiera que mis opiniones decidan cosa tan importante: mi fortuna no las ha preparado para tan poderosas y elevadas conclusiones. Ciertamente, disuadiría de buena gana a mi hijo, si lo tuviera, no sólo de muchas de mis inclinaciones, sino también de bastantes de mis opiniones. ¿Qué decir si las más verdaderas no siempre son las más favorables al hombre, a tal extremo es salvaje su composición?


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