Los ensayos
Los ensayos A propósito o no, tanto da, en Italia circula como refrán que si alguien no se ha acostado con una coja, no conoce a Venus en su plena dulzura. La fortuna o algún caso particular pusieron hace mucho tiempo esta frase en boca del pueblo; y se dice tanto de los varones como de las mujeres. En efecto, la reina de las amazonas respondió al escita que la invitaba al amor: «ἄριστα χωλὸς οἰφεῖ» —el cojo lo hace mejor—.[38] En esta república femenina, para evitar el dominio de los varones, les lisiaban desde la niñez brazos, piernas y otros miembros que les otorgaban ventaja sobre ellas, y se servían de ellos sólo para eso para lo que nosotros nos servimos de ellas aquí. Yo habría dicho que el movimiento desequilibrado de la coja brinda algún nuevo placer a la tarea, y cierta punta de dulzura a quienes la prueban, pero acabo de enterarme de que hasta la filosofía antigua ha dictaminado sobre la cuestión: dice que, como las piernas y los muslos de las cojas no reciben, debido a su defecto, la nutrición correspondiente, los genitales, que están encima, están más llenos, más nutridos, son más vigorosos.[39] O bien que, como este defecto impide el ejercicio, quienes padecen esta tara malgastan menos sus fuerzas y llegan más enteros a los juegos de Venus.[40] Esa es también la razón por la cual los griegos acusaban a las tejedoras de ser más lujuriosas que las demás mujeres: a causa del oficio sedentario que desempeñan, sin gran ejercicio corporal.[41] ¿De qué no podemos razonar a este precio? De éstas yo podría también decir que el zarandeo que conlleva su trabajo, sentadas de ese modo, las despierta e incita, como a las damas el vaivén y el traqueteo de sus carruajes.