Los ensayos
Los ensayos En mi niñez vi a un gentilhombre, que estaba al mando de una gran ciudad, acosado por la agitación de un pueblo furioso. Para sofocar el inicio de revuelta, optó por salir del lugar muy seguro donde se encontraba y entregarse a la turba amotinada. Le dio mal resultado y le asesinaron miserablemente. Pero me parece que su error no estuvo tanto en salir, según se suele reprochar a su memoria, como en seguir una vÃa de sumisión y de blandura, y en querer adormecer aquella rabia secundando antes que guiando, y requiriendo antes que amonestando. Y considero que una generosa severidad, con un mandato militar pleno de seguridad y confianza, conveniente a su rango y a la dignidad de su cargo, le habrÃa dado un resultado mejor, al menos más honorable y decente. Nada cabe esperar menos de este monstruo, cuando sufre tal agitación, que humanidad e indulgencia; acogerá mucho mejor la reverencia y el miedo.[20] Le reprocharÃa también que, una vez tomada la resolución, a mi modo de ver más valiente que temeraria, de lanzarse, débil e inerme, en medio de ese mar tempestuoso de hombres insensatos, debÃa haberla llevado a su término y no haber abandonado su papel. Sucedió, en cambio, que, al reconocer el peligro de cerca, le temblaron las piernas, y después cambió incluso la actitud sumisa y aduladora que habÃa adoptado por un gesto aterrorizado, llenando voz y mirada de miedo y arrepentimiento. Buscando ponerse a salvo y escabullirse, los enardeció y atrajo sobre sà mismo.[21]