Los ensayos
Los ensayos b | Por eso, no me gusta mucho la opinión de aquel que creÃa contener la autoridad de los jueces con una multitud de leyes, prescribiéndoles lo que debÃan hacer.[7] No reparaba en que es tanta la libertad y la amplitud que hay al interpretar las leyes como la que hay al elaborarlas. Y están de broma quienes piensan reducir y atajar nuestros debates remitiéndonos a la expresa palabra de la Biblia.[8] Nuestro espÃritu, en efecto, no encuentra un campo menos espacioso al examinar un sentido ajeno que al representar el propio; y como si hubiera menos animosidad y acritud en glosar que en inventar. Vemos cuán grande era su error. Porque en Francia tenemos más leyes que en todo el resto del mundo a la vez, y más de las que se precisarÃan para regir todos los mundos de Epicuro c | —ut olim flagitiis, sic nunc legibus laboramus[9] [como antes por los crÃmenes, ahora sufrimos por las leyes]—; b | y, sin embargo, les hemos dejado a los jueces tanto campo para opinar y decidir, que jamás existió libertad tan poderosa y desenfrenada.[10] ¿Qué han conseguido nuestros legisladores distinguiendo cien mil casos y hechos particulares, y asociándoles cien mil leyes? Ese número no guarda proporción alguna con la infinita variedad de las acciones humanas. La multiplicación de nuestras invenciones no alcanzará la variación de los ejemplos.[11] Añadidle cien veces más: aun asÃ, no habrá ningún acontecimiento futuro que encuentre, en ese gran número de miles de casos distinguidos y registrados, ni uno al que pueda unirse y asociarse con tanta exactitud que no reste alguna circunstancia y variación que requiera una distinta consideración al juzgar. La correlación entre nuestras acciones, siempre en perpetuo cambio, y las leyes fijas e inmóviles, es escasa. Las leyes más deseables son las menos numerosas, las más simples y generales; y creo incluso que serÃa mejor no tener ninguna que tenerlas en el número que nosotros las tenemos.