Los ensayos
Los ensayos ¿A cuántos inocentes hemos descubierto que han sufrido castigo, quiero decir sin culpa por parte de los jueces?, ¿y a cuántos no hemos descubierto? Esto ha sucedido en mis tiempos. Ciertos hombres son condenados a muerte por un homicidio, con la sentencia, si no pronunciada, al menos decidida y fallada. En ese punto, los oficiales de una corte subalterna vecina advierten a los jueces de que tienen a ciertos prisioneros que confiesan claramente el homicidio y aportan a todo el caso una luz indubitable. Se delibera si, aun así, debe interrumpirse y aplazarse la ejecución de la sentencia fallada contra los primeros. Se considera la novedad del ejemplo, y sus consecuencias, para suspender los juicios; que la condena ha sido aprobada jurídicamente, que los jueces no tienen derecho a arrepentirse. En suma, esos pobres diablos son sacrificados a las fórmulas de la justicia. Filipo o algún otro proveyó a un incoveniente similar de este modo. Había condenado a un hombre a pagarle unas grandes multas a otro, con un juicio pronunciado. Al descubrise la verdad cierto tiempo después, se encontró que había juzgado de manera injusta. La razón de la causa estaba de un lado; la razón de las formas judiciales, del otro. Dio satisfacción en alguna medida a las dos dejando la sentencia como estaba, y compensando con su bolsa el perjuicio sufrido por el condenado.[30] Pero se trataba de una desgracia reparable; los míos fueron irreparablemente colgados. c | ¡Cuántas condenas he visto más criminales que el crimen!