Los ensayos
Los ensayos ¿Qué haremos con este pueblo que sólo hace caso de los testimonios impresos, que no cree a los hombres si no aparecen en un libro, ni la verdad si no tiene una edad conveniente? c | Conferimos dignidad a nuestras sandeces cuando las entregamos a la imprenta. b | Para él tiene un peso muy distinto decir «lo he leído», que si dices «lo he oído decir». Pero yo, que no rehúso creer en la boca más que en la mano de los hombres, y que no ignoro que se escribe con la misma insensatez con que se habla, y que considero este siglo igual que otro pasado, alego de tan buena gana a un amigo mío como a Aulo Gelio y a Macrobio, y lo que yo he visto como lo que ellos han escrito. c | Y, lo mismo que sostienen que la virtud no es más grande porque sea más larga,[75] considero que la verdad no es más sabia porque sea más vieja. b | Digo a menudo que es pura necedad lo que nos hace correr tras los ejemplos ajenos y escolares. Su fertilidad es la misma en este momento que en tiempos de Homero y de Platón. Pero ¿no es cierto que buscamos más el honor de la alegación que la verdad del razonamiento? Como si fuese mejor tomar prestadas nuestras pruebas del taller de Vascosan o de Plantino[76] que de aquello que se ve en nuestro pueblo. O bien, ciertamente, acaso carecemos del ingenio suficiente para escrutar y para hacer valer lo que sucede ante nosotros, y para juzgarlo con suficiente viveza de modo que pueda convertirse en ejemplo. Porque, si decimos que nos falta la autoridad para dar fe a nuestro testimonio, incurrimos en un error. Pues, a mi juicio, de las cosas más ordinarias y más comunes y conocidas, si supiéramos encontrarles la luz, pueden formarse los mayores milagros de la naturaleza y los más extraordinarios ejemplos, en particular a propósito de las acciones humanas.