Los ensayos

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Los médicos suelen someter útilmente sus prescripciones a la violencia de los rudos deseos que les sobrevienen a los enfermos. El gran deseo no puede imaginarse ni tan extraño ni tan vicioso que la naturaleza no se aplique a él. Y, además, ¡cómo cuenta satisfacer a la fantasía! En mi opinión, este elemento es importante en todo, al menos por encima de cualquier otro. Los males más graves y ordinarios son aquellos con que nos carga la fantasía.[97] Esta sentencia española me complace en muchos sentidos: «Defiéndame Dios de mí».[98] Cuando estoy enfermo, me aflige no tener ningún deseo que me proporcione la satisfacción de saciarlo; difícilmente me apartaría de él la medicina. Me ocurre lo mismo cuando estoy sano: apenas veo ya nada que esperar y querer. Es lastimoso estar lánguido y débil hasta para desear.[99]









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