Los ensayos

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He observado que, cuando estoy herido o enfermo, el hablar me altera y me daña más que cualquier otro abuso que pueda cometer. Hablar me cuesta y me fatiga, pues tengo una voz potente y forzada; de suerte que, cuando he tenido ocasión de que los grandes me escuchen sobre asuntos graves, he logrado a menudo que se preocuparan de hacérmela moderar. Este relato merece que me desvíe. Alguien, en cierta escuela griega, hablaba fuerte, como yo; el maestro de ceremonias le hizo comunicar que debía bajar la voz: «Que me haga saber el tono», dijo, «en el que quiere que hable». El otro le respondió que tomara el tono de los oídos de aquel a quien hablaba.[101] No le faltaba razón si se entiende: «Habla según la relación que tengas con el oyente». Porque si quiere decir: «Conténtate con que te oiga», o: «Regúlate según él», no me parece que fuera razonable. El tono y la oscilación de la voz expresan y significan de algún modo mi sentido; me corresponde a mí dirigirlos para que me representen. Hay una voz para instruir, otra voz para halagar o para reñir. No quiero sólo que mi voz le alcance, sino acaso que le golpee y que le penetre. Cuando riño a mi lacayo con un tono agrio e hiriente, estaría bien que me dijera: «Amo, habla más bajo, te oigo perfectamente». c | Est quaedam uox ad auditum accommodata, non magnitudine, sed proprietate[102] [Existe un tipo de voz adaptada al oído, no por su volumen, sino por su característica]. b | La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha. Éste debe prepararse para recibirla según el impulso que coge. Así, entre los que juegan a pelota, el que la recibe se echa atrás y se prepara según cómo ve moverse al que se la lanza y según la manera en que la golpea.[103]


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