Los ensayos
Los ensayos Estoy agradecido a la fortuna por atacarme tan a menudo con la misma clase de armas: me prepara y me instruye con la costumbre, me endurece y me habitúa; en adelante sé más o menos de qué debo librarme. c | A falta de memoria natural forjo una de papel, y cuando le sobreviene un nuevo sÃntoma a mi enfermedad, lo escribo. Por eso, ahora, tras haber pasado por casi toda suerte de ejemplos, si me amenaza alguna turbación, hojeando estas breves notas, descosidas como hojas sibilinas,[117] no dejo de encontrar consuelo en algún pronóstico favorable de mi experiencia pasada. b | Me sirve también la costumbre para esperar algo mejor en el futuro. En efecto, como el proceso de la evacuación ha sido tan largo, es verosÃmil que la naturaleza no cambie de curso y no se presente un infortunio peor que el que sufro. Además, la condición de esta enfermedad no se aviene mal con mi temperamento rápido y vivaz. Cuando me ataca con blandura, me da miedo, porque es para mucho tiempo. Pero tiene por naturaleza excesos vigorosos y vivaces. Me zarandea a ultranza por un dÃa o dos. Mis riñones han durado una vida[118] sin alteración; pronto hará otra[119] que han cambiado de estado. Los males tienen su perÃodo como los bienes; acaso esta dolencia haya llegado a su fin. La edad debilita el calor de mi estómago; al ser su digestión menos perfecta, remite la materia cruda a mis riñones. ¿Por qué no puede suceder que en alguna revolución se debilite asimismo el calor de mis riñones, y ya no puedan seguir petrificando mi flema, y que la naturaleza se encamine a seguir otra vÃa de purgación? Los años me han hecho, evidentemente, secar algunas fluxiones. ¿Por qué no las excrecencias que proporcionan la materia a los cálculos?