Los ensayos
Los ensayos Éste es otro favor, particular, de mi enfermedad: que, más o menos, representa su papel por su cuenta y me deja representar el mÃo, o, si no es asÃ, depende sólo de la falta de valor; en su mayor agitación, la he resistido durante diez horas a caballo. LimÃtate a soportar, no necesitas otro régimen; juega, come, corre, haz esto y haz también aquello, si puedes; tu desenfreno será más útil que nocivo. Dile lo mismo a un sifilÃtico, a un gotoso, a un herniado. Las demás enfermedades comportan obligaciones más generales, estorban mucho más nuestros actos, alteran todo nuestro orden y hacen estar pendientes de ellas a todo el estado de la vida. Ésta sólo pellizca la piel; te deja el entendimiento y la voluntad a tu disposición, y la lengua, y los pies, y las manos. Te despierta en vez de adormecerte. El ardor de la fiebre golpea el alma, y la epilepsia la abate, y una violenta migraña la descompone, y, en suma, todas las enfermedades que hieren el fondo y las partes más nobles, la aturden. Ésta no la ataca. Si le va mal, ella tiene la culpa; se traiciona a sà misma, se abandona y se desarma. Sólo los insensatos se dejan persuadir de que el cuerpo duro y macizo que se cuece en nuestros riñones pueda disolverse por medio de brebajes; por eso, una vez que se pone en movimiento, no queda sino darle paso; en cualquier caso, lo tomará. Observo, además, la especial ventaja de que es una enfermedad en la que hay poco que adivinar. Nos libramos de la agitación a la que nos precipitan las demás dolencias por la incerteza de sus causas y de sus condiciones y procesos —agitación infinitamente penosa—. No necesitamos consultas ni interpretaciones doctorales: los sentidos nos muestran lo que es, y dónde está.