Los ensayos

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Con tales argumentos, fuertes y débiles, intento adormecer y entretener mi imaginación, y vendar sus heridas, como hacía Cicerón con el mal de su vejez.[122] Si mañana empeoran, mañana le procuraremos otras escapatorias. c | Como prueba de que es verdad, he aquí después, de nuevo, que los más leves movimientos exprimen la sangre pura de mis riñones. ¿Y qué? No por eso dejo de moverme como antes, ni de galopar tras mis perros con un ardor juvenil e insolente. Y me parece que hago caso omiso de una dolencia tan importante, que no me cuesta sino una sorda pesadez y alteración en esa parte. Es alguna gruesa piedra que comprime y consume la sustancia de mis riñones, y mi vida, que evacúo poco a poco, no sin cierta dulzura natural, como un excremento ya superfluo y molesto. b | Ahora bien, ¿siento que alguna cosa se derrumba? No esperéis que me ponga a examinarme el pulso y las orinas para tener alguna previsión fastidiosa. Me sobrará tiempo para sentir el mal, sin alargarlo con el mal del miedo. c | Quien teme sufrir, sufre ya porque teme. Además, la vacilación y la ignorancia de quienes se dedican a explicar los mecanismos de la naturaleza y sus procesos internos, y tantos falsos pronósticos de su arte, deben avisarnos de que sus medios son infinitamente desconocidos. Hay una gran incertidumbre, variedad y oscuridad en aquello que nos promete o amenaza. Salvo la vejez, que es un signo indubitable de la cercanía de la muerte, de todos los demás infortunios veo pocos signos del futuro en los que podamos fundamentar nuestra adivinación.


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