Los ensayos

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No soy muy propenso al deseo de beber, ni sano ni enfermo. Me suele suceder, entonces, que tengo la boca seca, pero sin sed. Y, en general, sólo bebo por las ganas que me surgen al comer, y muy al comienzo de la comida. Bebo bastante bien para un hombre de tipo común; en verano y en una comida apetitosa, no sobrepaso siquiera los límites de Augusto, que no bebía sino tres veces exactamente;[160] pero, para no vulnerar la regla de Demócrito, que prohibía detenerse en cuatro, como si se tratase de un número infausto, me deslizo si es necesario hasta cinco, en torno a tres medios sextarios.[161] Los vasos pequeños son, en efecto, mis predilectos, y me gusta vaciarlos, cosa que los demás evitan como inconveniente. Por regla general echo la mitad de agua en el vino, a veces un tercio de agua. Y, cuando estoy en casa, por un antiguo proceder que su médico prescribía a mi padre y a sí mismo, mezclan el que necesito ya en la bodega, dos o tres horas antes de servirlo.[162] c | Cuentan que Cranao, rey de los atenienses, inventó la costumbre de aguar el vino;[163] útilmente o no, he visto debatirlo. Me parece más decente y más sano que los niños no lo tomen hasta después de los dieciséis o dieciocho años. b | La forma de vivir más habitual y común es la más bella. Me parece que debe evitarse cualquier particularidad, y detestaría tanto a un alemán que echara agua en el vino como a un francés que lo bebiera puro. El uso público legisla sobre tales cosas.


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