Los ensayos

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Astiages, en Jenofonte, pide a Ciro que le dé cuenta de su última lección: «Es», dice, «que en la escuela un niño grande que tenía un abrigo pequeño se lo dio a un compañero de talla más pequeña, y le quitó su abrigo, que era más grande. Nuestro preceptor me hizo juez del litigio, y yo juzgué que había que dejar las cosas tal como estaban y que los dos parecían haber salido ganando en ese punto. Me reprochó haberlo hecho mal, pues me había limitado a considerar la conveniencia, y había que proveer primero a la justicia, que requería que no se le forzaran a nadie sus pertenencias». Y cuenta que fue azotado,[62] de la misma manera que nosotros lo somos en nuestros pueblos por haber olvidado el primer aoristo de τύπτω [golpeo].[63] Mi profesor me haría un buen discurso in genere demostratiuo [en el género demostrativo] antes de persuadirme de que su escuela vale tanto como ésta.[64] Quisieron seguir un atajo; y dado que las ciencias, aun cuando las tomamos directamente, no pueden enseñarnos sino prudencia, probidad y resolución, quisieron someter desde el principio a sus hijos a los hechos, e instruirlos no por lo que oyeran decir sino por la prueba de la acción. Los formaron y moldearon vivamente, no sólo con preceptos y palabras, sino sobre todo con ejemplos y obras, para que no se tratara de una ciencia en el alma sino de su temperamento y hábito, para que no se tratara de un bien adquirido sino de una posesión natural. A propósito de esto, le preguntaron a Agesilao qué debían en su opinión aprender los niños: «Lo que deben hacer de hombres», respondió.[65] No es de extrañar que una formación así produjera efectos tan admirables.


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