Los ensayos

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A las demás ciudades griegas se iba, dicen, a buscar retóricos, pintores y músicos; pero a Lacedemonia, legisladores, magistrados y generales de ejército. En Atenas se aprendía a hablar bien, y aquí a obrar bien. Allí, a zafarse de argumentos sofísticos y a abatir la impostura de las palabras capciosamente entrelazadas; aquí, a librarse de los señuelos del placer y a abatir con grandeza de ánimo las amenazas de la fortuna y la muerte. Aquéllos se desvelaban por las palabras; éstos, por las cosas. Allí se daba un continuo ejercicio de la lengua; aquí, una continua ejercitación del alma. Por eso no es extraño que, al pedirle Antípatro cincuenta niños como rehenes, respondieran, al contrario de lo que haríamos nosotros, que preferían dar el doble de adultos —tanto valoraban que se perdieran la educación de su país—.[66] Cuando Agesilao invita a Jenofonte a que envíe a sus hijos a criarse en Esparta, no es para que aprendan retórica o dialéctica, sino para aprender —así lo dice— la más hermosa ciencia que existe, a saber, la ciencia de obedecer y mandar.[67]






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