Los ensayos
Los ensayos LA FORMACIÓN DE LOS HIJOS
A la señora Diana de Foix, condesa de Gurson
a | Jamás he visto a un padre que, por jorobado o tiñoso que sea su hijo, deje de reconocerlo.[1] No es, sin embargo, a menos que el sentimiento le obceque por completo, que no repare en su defecto, pero, en cualquier caso, es suyo. Por mi parte también veo, mejor que nadie, que esto no son más que desvaríos de alguien que, de las ciencias, sólo ha probado la primera corteza en su infancia y sólo ha retenido una imagen general e informe: un poco de cada cosa y nada del todo, a la francesa. Porque, en suma, sé que existen la medicina, la jurisprudencia, las cuatro partes de la matemática,[2] y sé burdamente cuál es su objetivo. c | Y tal vez sé también la pretensión de las ciencias en general de ser útiles a nuestra vida. a | Pero, penetrar más allá, haberme roído las uñas en el estudio de Aristóteles,[3] c | monarca de la doctrina moderna, a | o haberme obstinado tras alguna ciencia, nunca lo he hecho; c | ni sabría describir siquiera las líneas básicas de arte alguno. Y no hay niño de los cursos medios que no pueda decirse más docto que yo, que ni siquiera estoy capacitado para examinarlo de su primera lección.[4] Y si me fuerzan a hacerlo, me veo obligado, con no poca inepcia, a plantear alguna materia de alcance general, con la que examino su juicio natural —lección que les resulta tan desconocida a ellos como a mí la suya.