Los ensayos

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No he establecido trato con ningún libro sólido salvo Plutarco y Séneca, de donde saco agua como las Danaides, llenando y derramando sin tregua. Añado alguna cosa suya a este papel; a mí mismo, casi nada. a | La historia es más mi campo en materia de libros, o la poesía, a la que amo con particular inclinación. Porque, lo decía Cleantes, así como la voz, constreñida en el estrecho canal de una trompeta, surge más aguda y más fuerte, me parece también que el sentido, oprimido por los cadenciosos metros de la poesía, se alza con mucha mayor brusquedad y me golpea con una sacudida más viva.[5] En cuanto a mis facultades naturales, cuya prueba tenemos aquí, las siento ceder bajo el fardo. Mis concepciones y mi juicio sólo avanzan a tientas, vacilantes, tropezando y dando traspiés; y cuando he llegado lo más lejos de que soy capaz, no estoy en absoluto satisfecho. Sigo viendo tierra más allá, pero con una visión turbia y nublada, que no puedo aclarar. Y, pretendiendo hablar indistintamente de todo aquello que se ofrece a mi fantasía, y sin emplear más que mis medios propios y naturales, me sucede a menudo que encuentro por azar en los buenos autores esos mismos asuntos que he intentado tratar, como acaba de ocurrirme en Plutarco ahora mismo con su discurso sobre la fuerza de la imaginación.[6] Entonces, al reconocerme en comparación con ellos tan débil y miserable, tan torpe y adormilado, me compadezco a mí mismo o me desprecio. Pese a todo, me complace que mis opiniones tengan el honor de coincidir a menudo con las suyas; c | y que al menos los siga de lejos, asintiendo. a | También, que tengo algo que no todo el mundo tiene: sé la extrema diferencia que hay entre ellos y yo. Y, no obstante, dejo correr mis invenciones tan endebles y bajas como las he producido, sin embozar ni remendar los defectos que esta comparación me ha descubierto.[7] c | Hay que tener los riñones muy firmes para intentar andar mano a mano con esa gente. a | Los escritores poco juiciosos de nuestro siglo, que, en medio de sus obras sin valor, siembran pasajes enteros de los autores antiguos para honrarse, consiguen lo contrario. Porque la infinita diferencia de lustres confiere un aspecto tan pálido, tan apagado y tan feo a lo que es suyo, que pierden mucho más de lo que ganan. c | Ha habido dos fantasías contrarias. El filósofo Crisipo mezclaba en sus libros no ya pasajes sino obras enteras de otros autores, y, en uno de ellos, la Medea de Eurípides; y Apolodoro decía que, si se eliminara de él lo que le era ajeno, el papel quedaría en blanco.[8] Epicuro, en cambio, en trescientos volúmenes que legó, no incluyó ni una sola cita.[9]


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