Los ensayos
Los ensayos Le dará esta nueva lección: que el valor y la altura de la verdadera virtud residen en la facilidad, la utilidad y el placer de su ejercicio, tan alejado de dificultades, que los niños son capaces de él igual que los hombres, los simples igual que los sutiles. Su instrumento es la mesura, no la fuerza. Sócrates, su primer favorito, renuncia expresamente a su fuerza para deslizarse en la naturalidad y facilidad de su camino.[85] Es la madre nutricia de los placeres humanos. Volviéndolos justos, los vuelve firmes y puros. Moderándolos, los mantiene en vilo y apetitosos. Recortando los que rechaza, nos aguza para aquellos que nos deja; y nos deja abundantemente todos los que quiere la naturaleza, y hasta la saciedad, si no hasta el hartazgo, maternalmente —salvo que por ventura pretendamos decir que la mesura que detiene al bebedor antes de la borrachera, al que come antes de la indigestión, al lascivo antes de la calvicie,[86] sea hostil a nuestros placeres—. Si le falta la fortuna ordinaria,[87] la elude o se las arregla sin ella, y se forja otra enteramente suya, ya no fluctuante y móvil. Sabe ser rica y poderosa y docta, y yacer en colchones almizclados. Ama la vida, ama la belleza, la gloria y la salud. Pero su tarea propia y particular es saber usar esos bienes de manera mesurada, y saberlos perder con entereza: tarea mucho más noble que áspera, sin la cual todo curso de vida se vuelve desnaturalizado, turbulento y deforme, y se le pueden justamente asociar esos escollos, esas breñas y esos monstruos. Si el discÃpulo resulta de una condición tan distinta que prefiere escuchar una fábula a la narración de un hermoso viaje o unas sabias palabras, cuando las oiga; que, al son del tamboril que arma el joven ardor de sus compañeros, se desvÃa hacia otro que le llama a los juegos malabares; que, en sus deseos, no encuentra más agradable y más dulce volver polvoriento y victorioso de un combate que del frontón o del baile con el premio de este ejercicio, entonces no veo otro remedio sino[88] que lo ponga de pastelero en alguna rica ciudad, aunque sea el hijo de un duque —de acuerdo con el precepto de Platón de que hay que situar a los hijos según las capacidades de su alma, no según las capacidades de su padre.[89]