Los ensayos

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a | Por todo ello, no quiero que encarcelen a este muchacho. No quiero que lo abandonen a la cólera y al humor melancólico de un furioso maestro de escuela. No quiero corromper su espíritu sometiéndolo a la tortura o al trabajo como se hace con los demás, catorce o quince horas al día, igual que un mozo de cuerda. c | Tampoco me parecería bien que si por cierto temperamento solitario y melancólico le viéramos entregado con una aplicación demasiado insensata al estudio de los libros, se la alimentáramos. Eso los vuelve ineptos para las relaciones sociales, y los aparta de mejores ocupaciones. ¿Y a cuántos hombres he visto en mí tiempo embrutecidos por una temeraria avidez de ciencia? Carnéades contrajo una locura tal que nunca más tuvo tiempo de arreglarse el cabello y las uñas.[97] a | Tampoco quiero estropear sus nobles costumbres con la insociabilidad y barbarie de otros. La sabiduría francesa fue antiguamente proverbial como sabiduría que empezaba muy pronto y apenas duraba.[98] En verdad, vemos aún que nada hay tan gentil como los niños pequeños en Francia; pero por lo general traicionan la esperanza que han hecho concebir, y, una vez adultos, no se ve en ellos excelencia alguna. He oído sostener a gente de entendimiento que los colegios donde se les envía, de los cuales tienen un grandísimo número, los embrutecen de este modo.



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