Los ensayos
Los ensayos Yendo un día a Orleans, me encontré, en la llanura que hay antes de Clery, a dos profesores que venían a Burdeos, a unos cincuenta pasos el uno del otro. Más lejos, detrás de ellos, vi a un grupo encabezado por un señor, que era el difunto conde de La Rochefoucauld. Uno de mis criados preguntó al primero de los profesores quién era el gentilhombre que venía tras él. Como no había visto la comitiva que le seguía y creyó que le hablaban de su compañero, respondió graciosamente: «No es gentilhombre; es gramático, y yo soy lógico». Ahora bien, nosotros que intentamos aquí, por el contrario, formar no a un gramático o a un lógico, sino a un gentilhombre, dejemos que ellos abusen de su tiempo. Nosotros tenemos trabajo en otra parte. Pero si nuestro discípulo está bien provisto de cosas, las palabras las seguirán, hasta el exceso; él las arrastrará, si no quieren seguirlas.[130] Oigo que algunos se excusan porque no son capaces de expresarse, y simulan tener la cabeza atestada de muchas cosas bellas, pero no poder sacarlas a la luz por falta de elocuencia. Esto es una bobada. ¿Sabéis de qué se trata, a mi juicio? Se trata de sombras que surgen en ellos de ciertas concepciones informes que no son capaces de desenmarañar y de aclarar en su interior, ni por consiguiente de presentar al exterior. No se entienden ni siquiera a sí mismos. Y si observas un poco su tartamudeo en el momento de darlas a luz, entenderás que su dificultad no radica en el parto sino en la concepción, y que no hacen otra cosa que lamer aún esa materia imperfecta.[131] Por mi parte, sostengo, c | y Sócrates lo prescribe, a | que si alguien posee en su espíritu una viva y clara imaginación, la manifestará, sea en bergamasco,[132] sea con muecas si es mudo: