Los ensayos

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Y como decía aquél, tan poéticamente en su prosa: «Cum res animum occupauere, uerba ambiunt»[134] [Cuando las cosas han ocupado el ánimo, las palabras las envuelven]. c | Y aquél otro: «Ipsae res uerba rapiunt»[135] [Las cosas mismas arrastran las palabras]. a | No sabe el ablativo, el conjuntivo, el sustantivo, ni la gramática; tampoco la sabe su lacayo ni la vendedora de arenques del Petit Pont,[136] y, aun así, te hablarán hasta la saciedad, si así te apetece, y acaso las reglas de la lengua les estorbarán tan poco como al mejor maestro en artes de Francia.[137] No sabe retórica, ni, como preludio, captar la benevolencia del cándido lector, ni le interesa saberlo. En verdad, toda hermosa pintura es borrada fácilmente por el brillo de una verdad simple y genuina. Tales gentilezas sólo sirven para entretener al vulgo, incapaz de ingerir el alimento más sólido y más firme, como Afer muestra con toda claridad en Tácito.[138] Los embajadores de Samos habían acudido ante Cleómenes, rey de Esparta, preparados con un bello y largo discurso para inducirlo a la guerra contra el tirano Polícrates. Tras dejarles hablar, les respondió: «En cuanto al inicio y exordio, ya no me acuerdo, ni por consiguiente de la parte del medio; y en cuanto a la conclusión, no quiero saber nada de ella».[139] He aquí una buena respuesta, me parece, y unos oradores bien pasmados. b | Y ¿qué decir de éste? Los atenienses habían de elegir entre dos arquitectos para realizar una gran edificación. El primero, más astuto, se presentó con un bello discurso premeditado sobre la obra, y obtuvo el juicio favorable del pueblo. Pero el otro se limitó a tres palabras: «Señores atenienses, lo que éste ha dicho, yo lo haré».[140]


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