Los ensayos
Los ensayos a | Es peligrosa y grave osadía, aparte de la absurda ligereza que supone, despreciar aquello que no entendemos. En efecto, una vez que has fijado, según tu buen entender, los límites de la verdad y la mentira, y una vez que resulta que has de creer a la fuerza cosas todavía más extrañas que aquellas que niegas, te ves ya obligado a abandonarlos. Ahora bien, lo que a mi juicio procura mayor desorden a nuestras conciencias en los tumultos religiosos en que nos hallamos es la cesión que los católicos hacen de su creencia.[19] Les parece que representan el papel de moderados y entendidos cuando abandonan a los adversarios algunos de los artículos que se debaten. Pero, además de que no ven la ventaja que supone para quien te ataca empezar a hacerle concesiones y a echarse atrás, y hasta qué punto esto le incita a proseguir su avance, esos artículos que eligen como los más ligeros son a veces muy importantes. Hay que someterse por entero a la autoridad de nuestro gobierno eclesiástico, o bien dispensarse por entero de ella. No nos atañe a nosotros establecer qué parte de obediencia le debemos. Y, además, puedo decirlo porque lo he experimentado, pues en otro tiempo me valí de esta libertad de elegir y de efectuar mi selección particular, y descuidé ciertos puntos de la observancia de nuestra Iglesia que parecen tener un aspecto más vano o más extraño. Al hablar de ello con los doctos, descubrí que tales cosas poseen un fundamento macizo y muy sólido, y que sólo la necedad y la ignorancia nos hacen acogerlas con menos reverencia que al resto.[20] ¿Acaso hemos olvidado cuántas contradicciones percibimos en nuestro propio juicio, cuántas cosas que ayer nos servían de artículos de fe hoy las consideramos fábulas?[21] El orgullo y la curiosidad son los dos azotes de nuestra alma. Ésta nos lleva a meter la nariz en todo; aquél nos impide dejar nada sin resolver y sin decidir.