Los ensayos

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a | Cuando encontramos en Froissart que el conde de Foix se enteró, en Bearn, de la derrota del rey Juan de Castilla en Aljubarrota, al día siguiente de producirse, y los medios que alega, podemos burlarnos;[12] e incluso de aquello que dicen nuestros anales: que el papa Honorio, el mismo día que el rey Felipe Augusto murió b | en Mantua, a | dispuso que se hicieran sus funerales públicos, y los mandó hacer por toda Italia.[13] La autoridad de tales testigos carece quizá del rango suficiente para contenernos. Pero ¿qué decir si Plutarco, aparte de los numerosos ejemplos antiguos que aduce, afirma saber a ciencia cierta que, en tiempos de Domiciano, la noticia de la batalla perdida por Antonio en Alemania, a muchas jornadas de distancia, se conoció en Roma y se difundió por todo el mundo el mismo día de la derrota?;[14] ¿y si César sostiene que ha sucedido con frecuencia que la fama se ha anticipado al acontecimiento?[15] ¿Diremos que esos simples se dejaron engañar junto al vulgo porque no eran tan lúcidos como nosotros? ¿Existe nada más exigente, más nítido y más vivo que el juicio de Plinio cuando le place ponerlo en juego, nada más alejado de la vanidad? —dejo de lado la excelencia de su saber, que tomo menos en cuenta; ¿acaso le superamos en alguna de las dos cualidades?—. Sin embargo, hasta el más modesto de los estudiantes le acusa de mentir, y pretende darle lecciones sobre el curso de las obras de la naturaleza. Cuando leemos en Bouchet los milagros de las reliquias de san Hilario, pase; su autoridad no es suficientemente grande para hurtamos la libertad de contradecirle.[16] Pero condenar de una vez todas las historias semejantes me parece singular desfachatez. El gran san Agustín declara haber visto que un niño ciego recobró la vista gracias a las reliquias de san Gervasio y de san Protasio en Milán; que una mujer, en Cartago, se curó de un cáncer mediante el signo de la cruz que le hizo otra mujer recién bautizada; que Hesperio, un amigo suyo, expulsó los espíritus que infestaban su casa con un puñado de tierra del sepulcro de Nuestro Señor, y, cuando esta misma tierra fue llevada a la iglesia, un paralítico se curó de repente; que una mujer, en una procesión, tras tocar el relicario de san Esteban con un ramillete, y frotarse los ojos con él, recobró la vista perdida mucho antes; y dice haber presenciado personalmente numerosos milagros más.[17] ¿De qué les acusaremos a él y a los dos santos obispos, Aurelio y Maximino, a los que invoca como avales? ¿Acaso de ignorancia, simpleza y facilidad, o de malicia e impostura? ¿Alguien en nuestro siglo tiene tanta desfachatez que piense poder compararse con ellos, ya sea en virtud y piedad, ya sea en saber, juicio y capacidad? c | Qui, ut rationem nullam afferrent, ipsa auctoritate me frangerent[18] [Son tales que, aunque no brindaran razón alguna, me doblegarían con su sola autoridad].


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