Los ensayos
Los ensayos Voy bien en el segundo punto con mi pintor; pero me quedo corto en la otra, y mejor, parte. Mi habilidad, en efecto, no llega hasta el punto de osar acometer un cuadro rico, pulido y conforme al arte. Se me ha ocurrido tomar prestado uno a Étienne de la Boétie, que honrará el resto de esta tarea. Es un discurso al que llamó La servidumbre voluntaria,[4] pero que después fue rebautizado con mucha propiedad El contra uno por quienes ignoraban su nombre.[5] Lo escribió a manera de ensayo, en su primera juventud,[6] en honor de la libertad contra los tiranos. Desde hace mucho, circula en manos de gente de entendimiento, no sin una muy grande y merecida consideración, pues no podrÃa ser más gentil ni más rico. Con todo, dista mucho de ser lo mejor de lo que era capaz.[7] Y si a la edad en que le conocÃ, más avanzada, hubiera concebido como yo el proyecto de poner sus fantasÃas por escrito, verÃamos abundantes cosas singulares y que nos acercarÃan mucho al honor de la Antigüedad, pues, sobre todo en cuanto a talento natural, no conozco ninguno que le sea comparable.[8] Pero no ha quedado de él más que este discurso, y aun por casualidad —creo que jamás volvió a verlo después que se le escapó de las manos—, y ciertas memorias sobre el edicto de enero famoso por nuestras guerras civiles, que tal vez tendrán aún cabida en otro sitio.[9] Es cuanto he podido recuperar de sus reliquias —c | yo, a quien nombró, con una recomendación tan amorosa, cuando tenÃa la muerte en los dientes,[10] heredero de su biblioteca y de sus papeles mediante su testamento—,[11] a | aparte del librito de obras suyas que he hecho salir a la luz.[12] Tengo, además, una deuda particular con esta pieza, porque sirvió de medio para nuestra primera relación. Me la mostraron, en efecto, mucho tiempo antes[13] de que le conociera, y me dio la primera noticia de su nombre. Encauzó asà la amistad que hemos alimentado entre nosotros, mientras Dios ha querido, tan entera y tan perfecta que ciertamente los libros apenas hablan de otras semejantes, y, entre los hombres de hoy, no se encuentra huella alguna en vigor. Se precisan tantas coincidencias para formarla, que es mucho si la fortuna la alcanza una vez en tres siglos.