Los ensayos

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Un antiguo, Menandro, llamaba feliz a quien había podido encontrar siquiera la sombra de un amigo.[79] No le faltaba en absoluto razón, sobre todo si había experimentado alguno. Porque en verdad, si comparo todo el resto de mi vida —aunque, con la gracia de Dios,[80] la haya pasado dulce, dichosa y, salvo la pérdida de un amigo así, exenta de grave aflicción y llena de tranquilidad de espíritu, pues me he dado por satisfecho con mis bienes naturales y originales, sin buscar otros—, si la comparo toda, digo, con los cuatro años[81] que me fue concedido gozar de la dulce compañía y del trato de este personaje, no es más que humo, no es sino una noche oscura y enojosa. Desde el día que le perdí,

quem semper acerbum,

semper honoratum (sic Dii noluistis) habebo,[82]

[que siempre consideraré aciago, que siempre

consideraré honrado —así, dioses, lo quisistéis—],

no hago más que arrastrarme lánguidamente.[83] Y aun los placeres que se me ofrecen, en lugar de consolarme, redoblan mi dolor por haberlo perdido.[84] Íbamos a medias en todo; me parece que le arrebato su parte:

Nec fas esse ulla me uoluptate hic frui

decreui, tantisper dum ille abest meus particeps.[85]


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