Los ensayos

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CAPÍTULO XXIX

LA MODERACIÓN

a | Como si nuestro tacto estuviera infecto, al tocarlas corrompemos las cosas que de suyo son bellas y buenas. Podemos asumir la virtud de manera que se vuelva viciosa si el deseo con que la abrazamos es demasiado áspero y violento. Quienes dicen que en la virtud jamás se produce exceso porque si hay exceso deja de ser virtud, juegan con las palabras:[1]

Insani sapiens nomen ferat, aequus iniqui,

ultra quam satis est uirtutem si petat ipsam.[2]

[Que el sabio lleve el nombre de insensato, el justo de

injusto, si buscan aun la virtud más allá de la medida].

Se trata de una sutil consideración filosófica. Es posible amar demasiado la virtud, y también entregarse en exceso en una acción justa. A este sesgo se acomoda la palabra divina: «No seáis más sabios de lo necesario; sed sobriamente sabios».[3]


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