Los ensayos

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a | Sus guerras son contra las naciones que están más allá de las montañas, tierra más adentro. Van a ellas completamente desnudos, sin más armas que arcos o espadas de madera afiladas por un extremo, al modo de los hierros de nuestros venablos. Es cosa admirable la firmeza de sus combates, que jamás terminan sino con muerte y efusión de sangre.[35] No saben, en efecto, qué son las huidas y el miedo. Como trofeo, cada uno trae la cabeza del enemigo al que ha matado, y la sujeta a la entrada de su vivienda. A los prisioneros, durante mucho tiempo los tratan bien y con todas las comodidades que se les ocurren. Después, el dueño celebra una gran reunión con sus conocidos. Ata una cuerda a un brazo del prisionero, c | por cuyo extremo le mantiene sujeto a unos cuantos pasos de distancia, por miedo a que le ataque, a | y da al amigo más querido el otro brazo para que lo sujete del mismo modo; y entre ambos, ante toda la concurrencia, lo matan a golpes de espada. Hecho esto, lo asan y comen de él en común, y envían pedazos a los amigos ausentes.[36] No lo hacen, como se cree, para alimentarse, como lo hacían antiguamente los escitas;[37] lo hacen para demostrar una extrema venganza.[38] Y la prueba de esto es que, al darse cuenta de que los portugueses, que se habían aliado con sus adversarios, utilizaban contra ellos otra clase de muerte cuando los apresaban —los enterraban hasta la cintura, les arrojaban sobre el resto del cuerpo un sinfín de dardos y después los colgaban—, pensaron que esa gente del otro mundo, puesto que habían esparcido la noción de tantos vicios en sus proximidades, y eran maestros muy superiores a ellos en toda suerte de malicia, no elegían sin motivo ese tipo de venganza, y que debía ser más acerba que la suya, por lo cual empezaron a abandonar su antigua costumbre para seguir ésta. No me enoja que señalemos el bárbaro horror que hay en tal acción, pero sí que juzguemos bien acerca de sus faltas y estemos tan ciegos para las nuestras. Creo que hay más barbarie en comerse a un hombre vivo que en comerlo muerto;[39] en desgarrar, con tormentos y torturas, un cuerpo lleno aún de sensibilidad, hacerlo asar cuidadosamente, hacer que lo muerdan y maten perros y cerdos —como lo hemos no sólo leído[40] sino visto recientemente, no entre viejos enemigos sino entre vecinos y conciudadanos, y, lo que es peor, bajo pretexto de piedad y religión—, que en asarlo y comerlo una vez muerto.


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