Los ensayos
Los ensayos Tres de ellos, ignorando el coste que tendrá un dÃa para su reposo y felicidad conocer las corrupciones de esta orilla, e ignorando que de tales relaciones surgirá su ruina, que, por lo que yo supongo, está ya avanzada —miserables por caer en el engaño del deseo de novedad, y por haber abandonado la dulzura de su cielo para venir a ver el nuestro—, fueron a Rouen cuando el difunto rey Carlos IX se encontraba allÃ.[63] El rey les habló durante un buen rato; les mostraron nuestras maneras, nuestra pompa, la forma de una hermosa ciudad. Tras esto, alguien les pidió su opinión y quiso saber de ellos qué les habÃa parecido más admirable. Respondieron tres cosas, de las cuales he olvidado la tercera, y lo lamento mucho; pero todavÃa me acuerdo de dos. Dijeron que les parecÃa, en primer lugar, muy extraño que tantos hombres mayores, barbudos, fuertes y armados como habÃa alrededor del rey —es verosÃmil que se refirieran a los suizos de su guardia— se sometieran a la obediencia de un niño, y que no se eligiera más bien a uno de ellos para mandar; en segundo lugar, que habÃan observado que, entre nosotros, habÃa hombres llenos y ahÃtos de toda suerte de bienes, mientras que sus mitades —tienen una manera de hablar por la que llaman a los hombres mitades unos de otros— mendigaban a sus puertas, demacrados por el hambre y la pobreza; y les parecÃa extraño que esas mitades necesitadas pudieran soportar una injusticia asà sin coger a los otros por el cuello o prender fuego a sus casas.