Los ensayos

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CAPÍTULO XXXI

HAY QUE DEDICARSE POCO A JUZGAR LAS REGLAS DIVINAS

a | El verdadero campo y objeto de la impostura son las cosas desconocidas. Porque, en primer lugar, la misma extrañeza proporciona autoridad, y, además, al no estar sometidas a nuestros razonamientos comunes, nos privan del medio de combatirlas. c | Por tal motivo, dice Platón, es mucho más fácil responder cuando se habla sobre la naturaleza de los dioses que cuando se hace sobre la naturaleza de los hombres. En efecto, la ignorancia de los oyentes brinda una bella y amplia carrera, y plena libertad, al manejo de una materia oculta.[1] a | Sucede, así, que nada se cree tan firmemente como aquello que menos se sabe, y que no hay gente tan convencida como quienes nos cuentan fábulas, al modo de alquimistas, adivinos, judiciarios,[2] quiromantes, médicos, id genus omne[3] [todo ese género]. A los que me gustaría añadir, si me atreviera, una caterva de gente, intérpretes y examinadores ordinarios de los designios de Dios, que se ufanan de hallar las causas de cada acontecimiento, y de ver en los secretos de la voluntad divina los motivos incomprensibles de sus obras. Y, aunque la variedad y la discordancia continuas de los hechos los rechazan de una esquina a otra, y de Oriente a Occidente, aun así no dejan de ir tras de la pelota, ni de pintar, con el mismo lápiz, blanco y negro.


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