Los ensayos
Los ensayos b | Para acabar: ¿no se descubre en el siguiente hecho una aplicación muy clara de su favor, con bondad y piedad singulares? Los Ignacios, padre e hijo, proscritos por los triunviros de Roma, se resolvieron al noble cometido de entregar sus vidas el uno en manos del otro, y frustrar así la crueldad de los tiranos. Se persiguieron con la espada empuñada; ella[15] dirigió sus puntas y asestó dos golpes igualmente mortales, y concedió al honor de una amistad tan hermosa que tuvieran justamente la fuerza de retirar aún los brazos sangrantes y armados de las heridas, para abrazarse uno al otro en ese estado. Tan estrecho fue el abrazo que los verdugos cortaron juntas las dos cabezas, dejando los cuerpos sujetos para siempre en ese noble nudo, y las heridas unidas, sorbiendo amorosamente la sangre y los restos de vida la una de la otra.[16]