Los ensayos

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CAPÍTULO XXXV

LA COSTUMBRE DE VESTIRSE

a | Dondequiera me vuelvo, he de forzar alguna barrera de la costumbre. Hasta tal extremo ha trabado escrupulosamente todos nuestros caminos. Me encontraba charlando, este invierno, sobre si el uso de andar del todo desnudos de esas naciones recién descubiertas está impuesto por la cálida temperatura del aire, como decimos de los indios y los moros, o es el original de los hombres. La gente de entendimiento, puesto que cuanto hay bajo el cielo, como dice la santa palabra, está sujeto a las mismas leyes,[1] suele recurrir, en consideraciones semejantes a éstas, en las cuales hay que distinguir las leyes naturales de las inventadas, al orden general del mundo, donde nada puede haber que sea ficticio. Ahora bien, si todo ha sido exactamente provisto de hilo y aguja para preservar su ser, es poco creíble que sólo nosotros hayamos sido producidos en un estado defectuoso e indigente, y en un estado que no pueda preservarse sin auxilio ajeno. Por tanto, considero que, del mismo modo que plantas, árboles, animales y cualquier ser vivo están naturalmente pertrechados con una protección suficiente para defenderse de la injuria del tiempo,

Proptereaque fere res omnes aut corio sunt,

aut seta, aut conchis, aut callo, aut cortice tectae,[2]

[Y por ello casi todos los seres están cubiertos


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