Los ensayos

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En el reino de Ternate, entre las naciones que llamamos bárbaras a voz en grito, la costumbre comporta que no entren en guerra sin haberla declarado. Añaden una amplia proclamación de los medios de que disponen: cuáles y cuántos hombres, qué pertrechos, qué armas ofensivas y defensivas. Pero también, esto cumplido, se arrogan el derecho de valerse en la guerra, sin que pueda reprochárseles, de todo aquello que ayuda a vencer.[11] Tanto distaban los antiguos florentinos de querer vencer a sus enemigos mediante ataques por sorpresa, que les advertían, un mes antes de disponer su ejército para la campaña, con el continuo tañido de la campana que llamaban Martinella.[12]

a | En cuanto a nosotros, menos escrupulosos, que consideramos que el honor de la guerra es para quien obtiene el beneficio, y que decimos, siguiendo a Lisandro, que donde no llega la piel de león, hay que coserle un pedazo de la de zorro,[13] las ocasiones más comunes de ataque por sorpresa se logran con esta práctica. Y no hay hora, decimos, en la que un jefe deba andar más alerta que la de los parlamentos y las negociaciones de acuerdos. Y, por tal motivo, es una regla en boca de todos los militares de nuestro tiempo que el gobernador de una plaza sitiada nunca ha de salir él mismo a parlamentar.


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