Los ensayos

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CAPÍTULO XXXVII

CÓMO LLORAMOS Y REÍMOS POR LO MISMO

a | Cuando vemos en los libros de historia que a Antígono le apenó mucho que su hijo le ofreciera la cabeza del rey Pirro, su enemigo, que acababa de caer muerto en ese mismo instante combatiendo contra él, y que, al verla, se deshizo en lágrimas;[1] y que el duque René de Lorena lamentó también la muerte del duque Carlos de Borgoña, al que acababa de derrotar, y que llevó luto por él en su entierro;[2] y que, en la batalla de Auroy —ganada por el conde de Montfort a Carlos de Blois, su rival por el ducado de Bretaña—, el vencedor, al descubrir el cadáver de su enemigo, se sumió en un gran dolor,[3] no debemos exclamar enseguida:

Et cosí aven che l’animo ciascuna

sua passion sotto el contrario manto

ricopre, con la vista or’chiara, or bruna.[4]

[Y sucede así que el ánimo reviste cada una de sus pasiones con el manto contrario, con un aspecto a veces alegre, a veces oscuro].


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