Los ensayos
Los ensayos a | En nuestras acciones habituales, no hay una entre mil que nos incumba. Ése al que ves subiendo a lo alto de las ruinas de un muro, furioso y fuera de sÃ, expuesto a tantos arcabuzazos, y ese otro, lleno de cicatrices, transido y pálido por el hambre, resuelto a reventar antes que a abrirle la puerta, ¿piensas que están ahà por sà mismos? Por alguno, tal vez, al que nunca han visto y que no sufre ninguna inquietud por su situación, sumido como está, entretanto, en la ociosidad y las delicias. Éste al que, pasada la medianoche, ves salir pituitoso, con legañas y mugriento de un estudio, ¿crees que busca entre los libros cómo hacerse más hombre de bien, más feliz y más sabio? Ninguna noticia. Morirá en ello o instruirá a la posteridad sobre la medida de los versos de Plauto y sobre la verdadera ortografÃa de una palabra latina.[29] ¿Quién no cambia gustosamente salud, reposo y vida por reputación y gloria, la más inútil, vana y falsa moneda de que nos servimos?[30] Nuestra muerte no nos asustaba lo bastante; carguemos también con la de esposas, hijos y sirvientes. Nuestros asuntos no nos daban bastante preocupación; asumamos también, para atormentarnos y quebrarnos la cabeza, los de vecinos y amigos:
Vah! Quemquamne hominem in animum instituere, aut
parare, quod sit charius quam ipse est sibi?[31]