Los ensayos
Los ensayos a | Veo hasta qué lÃmites alcanza la necesidad natural; y, considerando al pobre que mendiga en mi puerta, a menudo más alegre y más sano que yo, me pongo en su lugar, intento ajustar mi alma a su forma de vida. Y, recorriendo asà los demás ejemplos, aunque crea que la muerte, la pobreza, el menosprecio y la enfermedad me pisan los talones, me decido fácilmente a no asustarme por aquello que uno inferior a mà asume con tan grande paciencia. Y no quiero creer que la bajeza del entendimiento pueda más que su vigor, ni que los efectos de la razón no puedan llegar allà donde llegan los efectos de la costumbre. Y, sabiendo hasta qué punto estas ventajas accesorias dependen de bien poco, en pleno goce no dejo de suplicar a Dios, como mi petición suprema, que me haga feliz por mà mismo y por bienes surgidos de mÃ.[42] Veo a jóvenes llenos de vigor que, no obstante, en sus cofres llevan un montón de pÃldoras, para emplearlas cuando les apremie un resfriado. Lo temen mucho menos porque creen tener un remedio a mano. Asà debe hacerse. Y, también, si uno se siente aquejado por alguna enfermedad más fuerte, debe proveerse de aquellos medicamentos que calman y adormecen la parte afectada.