Los ensayos

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a | Un trazo más para la comparación de estas parejas.[1] De los escritos de Cicerón y de este Plinio —que a mi juicio recuerda poco[2] al talante de su tío—[3] se extraen infinitas pruebas de una naturaleza desmesuradamente ambiciosa. Entre otras, que solicitan a los historiadores de su época, a la vista de todo el mundo, que no les olviden en sus registros;[4] y la fortuna, como por despecho, ha preservado hasta nosotros la vanidad de tales demandas y desde muy atrás ha hecho que esas historias se pierdan. Pero lo que rebasa toda bajeza de ánimo en personas de tal rango es haber querido obtener alguna gloria principal de la cháchara y el parloteo, al extremo de emplear en ello las cartas privadas escritas a sus amigos. De tal manera que, aunque algunas no llegaron a ser enviadas a tiempo, las hacen no obstante publicar con la digna excusa de que no han querido perder su trabajo y sus vigilias. ¿Acaso no les cuadra a dos cónsules romanos, magistrados supremos del Estado imperante en el mundo, que dediquen su tiempo a ordenar y vestir agradablemente una bella misiva para granjearse la reputación de entender bien la lengua de su nodriza? ¿Qué haría peor un simple maestro de escuela que se ganara la vida así? Si las hazañas de Jenofonte y de César no hubieran superado con mucho su elocuencia, no creo que las hubiesen escrito jamás. Buscaron el aprecio no para sus palabras sino para sus acciones. Y si la perfección de hablar bien pudiese aportar alguna gloria digna de un gran personaje, ciertamente Escipión y Lelio no habrían cedido el honor de sus comedias, y todas las delicadezas y delicias de la lengua latina, a un esclavo africano, pues que son obra suya lo defiende de sobras su belleza y excelencia, y el propio Terencio lo reconoce. b | Me disgustaría que me desalojaran de esta creencia.[5]


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